De fantasmas y museos

No voy a negar que ―parafraseando al gran Bunbury― «siento una simpatía natural y espontánea hacia las cosas extraordinarias», por eso cuando me encontré por casualidad con un titular que alertaba de la presencia de fantasmas en un museo mexicano, fue imposible no seguir leyendo.

El Museo de la Ciudad Coronel Manuel Gutiérrez Zamora de Veracruz tiene algún que otro fantasma, no es que lo digan los veladores nocturnos a los que la noche y sus sombras pueden haber enredado en falsas precepciones, es que los han podido ver hasta visitantes del museo a plena luz del día. Situado en el centro de la urbe mexicana, el museo se encuentra instalado en una bonita casona neoclásica de mediados del XIX que nació como hospicio donde «se brindara protección a la humanidad menesterosa» bajo la coordinación de una Junta de Beneficencia que recabó los fondos entre ciudadanos e instituciones. En 1861, el edificio estaba casi concluido, pero por aquellas fechas el presidente de la República Benito Juárez decretó la suspensión de pagos de la deuda exterior mexicana, lo cual no debió de sentar demasiado bien a Francia, Inglaterra y España, algunos de sus principales acreedores, pues estos se aliaron para dar una lección a los malos pagadores del otro lado del Atlántico, no fuera a ser que cundiese el mal ejemplo entre otros.  Durante aquel conflicto, el edificio sirvió de cuartel de las tropas de infantería de la marina inglesa primero, y del ejército español después. Anglosajones e hispanos, tras conversaciones con el gobierno mexicano, se retiraron del conflicto, pero los franceses ―ya que habían atravesado todo un océano― siguieron con su ofensiva hasta llegar a tomar la capital misma. El hospicio se convirtió entonces en hospital de la marina gala hasta 1867 en que el ejército francés se retiró de México. Durante un tiempo, el edificio siguió funcionando como cuartel para, poco después, convertirse provisionalmente en hospital de mujeres.

Claro, el paso de tanta gente por allí provocó no pocos daños en el edificio, por eso, marchadas las enfermas, se hubo de rehabilitar. El 12 de diciembre de 1870 el futuro museo se inauguró solemnemente como hospicio. Y así siguió, acogiendo a niños huérfanos durante casi cien años hasta el traslado de esta institución a otras instalaciones más modernas. En 1988 se inauguraba el museo de la ciudad, que fue profundamente remodelado en 2000.

Bien, hasta aquí nada inusual, solo otro edificio histórico con un proceloso devenir, y sin embargo, algo oscuro debió de suceder durante las etapas como hospital y hospicio, pues, dicen los que lo han sufrido, que allí, en aquel viejo edificio suceden cosas que escapan a la lógica, entre ellas, y tal vez la más escalofriante, la visión de un niño espectral al que se le suele ver de noche llorando y, en ocasiones, prendiendo las luces o cambiando las cosas de lugar, a decir de algunos visitantes y personal del museo. Ni siquiera niega los extraños sucesos el director de la institución, que recuerda como hace unos años un policía nocturno abandonó el edificio en plena noche y se negó a volver allí tras ver unas siluetas corriendo en la oscuridad por la galería alta del patio. Pidió ayuda urgentemente, suponiendo que se trataba de intrusos, pero, tras revisar el museo, allí no encontraron a nadie. De nuevo solo, vio al poco como unos niños se reían de él desde el patio del edificio. Más recientemente, un becario llegó a ser agredido por un ente en la zona de los baños ―zona baja del aljibe―, en las inmediaciones de la sala de la cabeza olmeca, y presentó inmediatamente su renuncia. Al respecto, algunos antiguos internos del hospicio recuerdan, ya ancianos, que había algunas zonas que les provocaba pánico frecuentar, pues rondaba por ellas el fantasma de un niño que había muerto a comienzos del siglo XX al caer al aljibe.

Todos los que lo han llegado a ver, personal del museo y visitantes, lo describen como un niño triste de unos nueve años con el pelo muy corto y vestido con un mono. Se le ve especialmente en una sala donde se exhibe una gigantesca cabeza olmeca ―la antigua cocina del hospicio―. Al verlo llorando, los turistas le siguen para prestarle ayuda. La sala solo tiene un acceso, pero cuando llegan, el niño ha desaparecido. Otros visitantes dan aviso al personal del museo de que hay un chaval llorando por las salas. Es habitual que algunos objetos museográficos aparezcan cambiados de sitio, que las luces o los televisores se enciendan solos o que los vigilantes nocturnos sientan a alguien pasar junto a ellos o escuchen su risa.

Al niño penante se une la presencia de un perro fantasmagórico al que se le oye incluso ladrar, provocando el pánico en algunos trabajadores, o las viejas historias de la mano peluda de un ratero que habitaba en los baños o el ruido de cadenas de una veladora muerta.

Y es que los museos parecen ser un lugar propicio para ver fantasmas, sobre todo los que se encuentran instalados en edificios históricos, como los casos, por citar unos pocos, del madrileño Reina Sofía, un clásico de la fenomenología espectral, el Museo Naval del Caribe en Cartagena de Indias o el Museo Nacional de Historia Natural de Santiago de Chile, todos ellos instalados en viejos hospitales, en los que las ánimas que allí sufrieron parecen haberse quedado atrapadas. Y es que, a decir de algunos parapsicólogos, cuando hay sufrimiento en vida o una muerte violenta es más fácil que aparezcan fantasmas, y un viejo hospital, ahí estaremos de acuerdo, seguro que era un autentico centro de sufrimiento y muerte. Hay quien opina, por si fuera poco, que en realidad en todos los museos del mundo deben habitar fantasmas si nos atenemos a que se custodian en ellos objetos personales que alguna vez fueron de alguien. Es más, ¿y si civilizaciones clásicas como los egipcios o los celtas, por poner un par de ejemplos, supieran de la vinculación postmortem que se origina entre un alma y un objeto especial que le perteneció en vida y por eso los enterraban con sus posesiones predilectas, para evitar precisamente que el difunto se quedase atrapado en este mundo?

Bueno, aunque me guste lo extraordinario, mi formación científica me impide abandonar un estricto escepticismo, pero no voy a negar que como teoría pseudoantropológica no deja de ser interesante, ¿no?: «muérete y llévate tus cosas, tío, no vengas luego a molestar».

Fuente: El Universal

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