Hacía casi diez años que no cruzaba aquella puerta. La Biblioteca de Castilla y León seguía prácticamente igual, igual de bien, apoteósica, inmensa, monumental en su viejo palacio. Olía a papel impreso y a tinta, como tienen que oler las bibliotecas. Entré buscando un libro descatalogado, una rareza que no encontraba por ninguna parte. Un libro que necesitaba. Pero fue otro el que me encontró a mí.
En una estantería, sin ceremonias, sin épica ridícula, junto a miles de volúmenes, reposaba un libro en el que aparecía mi nombre. Me fui a los ordenadores y comprobé en el catálogo que en realidad la biblioteca tenía seis: cuatro novelas y dos estudios compartidos. Y en aquel momento no sentí orgullo ni me dejé arrastrar por la peligrosa vanidad, sino que sentí algo más antiguo, más íntimo. Sentí una inmensa melancolía.
Y entonces pensé en él: en el chaval que fui.
Aquel chico vivía rodeado de libros en su propia casa, incluso antes de saber que vivía rodeado de ellos, pero debía ser 1989 cuando todo cambió. El centro cívico de Las Delicias —el primero de la ciudad, inaugurado unos años atrás— disponia de una biblioteca pequeña, modesta y ordenada, y allí empezó a ir casi todas las tardes a leer. A leer cualquier cosa que cayese en sus manos, a veces con una avidez casi violenta.
En esa sala pequeña, donde nadie solía quedarse, donde todos prestaban y parecían de paso, sentado en una de las mesas comunales, el chico se enamoró de las bibliotecas. Para él, los escritores eran seres extraordinarios, gente con imaginación y capacidades portentosas o con cosas tan importantes que decir que era necesario imprimirlas. Hoy ya no lo cree, naturalmente -hay textos ridículos que nunca deberían haberse inmortalizado-, pero entonces no había escritores en las calles que él habitaba.
Si entonces alguien hubiera señalado al futuro y dicho: Oye, chaval, un día habrá libros tuyos en una biblioteca. El muchacho de barrio se habría reído con su timidez habitual, habría asentido con algo de sorna y habría respondido un lacónico“ya quisiera”.
Luego vinieron otras bibliotecas y nunca volvió a la del barrio. Se había quedado estrecha. Las bibliotecas universitarias, donde el conocimiento era ya preciso e inabarcable, y la inmensa Biblioteca de Castilla y León, donde pasó veinte años entrando y saliendo, buscando sobre todo ficción, inspiración, compañía. Su propia biblioteca creció, y con los libros digitales la visita dejó de ser imprescindible. La vida, como siempre, se encargó de reordenarlo todo.
Pero hoy he vuelto. Y mientras sostenía aquel ejemplar de mi novela sentí que, por un instante, las dos versiones de mí mismo se encontraban en el mismo pasillo: el chaval de barrio obrero con hambre de historias, y el hombre que, sin darse mucha cuenta, había terminado escribiéndolas. Me quedé allí, quieto, en el laberinto de estanterías, escuchando el murmullo casi imperceptible de la sala, feliz porque nadie sabía que yo era el autor de aquel libro. Una perfecta invisibilidad.
Volver me ha gustado. Reconocerme, también. Quizá porque —y quién lo iba a decir— he sido por primera vez consciente de que estoy a ambos lados de una novela.
