Hay errores en la novela histórica que el lector perdona. Una fecha dudosa, un detalle material discutible, incluso alguna licencia narrativa. Pero hay uno que no admite indulgencia, porque no es técnico ni documental, sino profundo: el anacronismo moral. Ese vicio tan extendido que consiste en hacer que los personajes del pasado piensen, sientan y juzguen como personas del siglo XXI.
No hablamos de palabras fuera de época o de armas mal descritas. Hablamos de algo más grave: de mentalidades falsas. De campesinos medievales con conciencia democrática, de mujeres del siglo XIII que hablan de la igualdad de género, de soldados romanos que reflexionan sobre el imperialismo con culpa contemporánea… Y este error es hoy especialmente frecuente. La novela histórica vive un momento de enorme visibilidad, y cuando un género se populariza, aparecen las prisas, las fórmulas y los atajos. Muchos autores parecen escribir más pendientes del lector actual —de no molestar, de no incomodar, de no salirse del marco moral dominante— que del mundo histórico que dicen reconstruir. El resultado es una ficción segura, bienintencionada y, por desgracia, profundamente falsa.
El problema es que ese “progreso moral” aplicado al pasado no hace mejores novelas. Al contrario: las empobrece. El personaje adelantado a su tiempo, moralmente impecable, siempre consciente, siempre justo, es tan plano como cualquier estereotipo. No sorprende, no incomoda, no evoluciona. Es previsible. Y la literatura vive precisamente de lo contrario.
La novela histórica no consiste en corregir la historia, sino en comprenderla. Y comprender no es justificar. Mostrar la esclavitud no te convierte en esclavista. Retratar la desigualdad entre hombres y mujeres no te vuelve misógino. Narrar la violencia del pasado no te hace cómplice de ella. Al contrario: silenciarla, edulcorarla o maquillarla para que encaje con nuestros valores actuales es lo que traiciona tanto a la Historia como a la literatura.
El anacronismo moral tiene consecuencias claras. Rompe la verosimilitud: el lector deja de creer en ese mundo. Convierte el pasado en un decorado exótico, no en una realidad viva. Y transforma la novela en un panfleto implícito, donde el autor sermonea en lugar de narrar. Cuando el narrador juzga constantemente, el lector se siente expulsado del juego literario.
Escribir novela histórica exige aceptar una incomodidad básica: los personajes van a pensar cosas que hoy nos resultan inaceptables. Van a creer en jerarquías, en violencias, en verdades religiosas o sociales que ya no compartimos. Ese es el reto. Y también la grandeza del género. La mentalidad histórica no se deduce de los datos, se reconstruye con paciencia, lectura y una cierta humildad intelectual.
Como escritor de Valladolid que trabaja con épocas y espacios muy alejados del presente, tengo cada vez más claro que el mayor acto de respeto hacia el pasado es no pedirle que se parezca a nosotros. El lector no necesita héroes morales del siglo XXI con túnica. Necesita personas de otro tiempo, con sus límites, sus miedos y sus certezas, enfrentadas a conflictos que no se resolvían con nuestros códigos.
La buena novela histórica no absuelve ni condena: muestra. Deja que el lector piense. Confía en su inteligencia. Entiende que el pasado fue un lugar extraño, duro y fascinante, no una antesala imperfecta de nuestro presente. Quizá por eso el anacronismo moral sea hoy el verdadero pecado capital del género. Porque no nace de la ignorancia, sino del miedo. Miedo a incomodar. Miedo a escribir con honestidad. Y sin honestidad —histórica y literaria— no hay novela que perdure.
La novela histórica no está para tranquilizarnos. Está para recordarnos que el mundo fue distinto. Y que entenderlo, aunque nos incomode, es la única forma de narrarlo de verdad.
