La ficción histórica, en su forma más básica, puede limitarse a ser un drama de época: una narración ambientada en el pasado que recrea una atmósfera lejana y ofrece al lector una experiencia estética reconocible. Pero desde hace décadas —y en determinados contextos, desde hace siglos— la novela histórica ha cumplido una función mucho más profunda: permitir decir aquello que en el presente resulta incómodo, vigilado o directamente censurable.
Uno de los terrenos donde esta función se manifiesta con mayor claridad es el tratamiento literario de la homosexualidad.
El pasado como territorio narrativo protegido
El filósofo británico Nikhil Krishnan lo ha señalado con lucidez al analizar La nueva vida. Frente al trabajo del historiador académico —obligado a pruebas, documentos y cautelas interpretativas—, la ficción histórica dispone de un margen de libertad que le permite explorar la experiencia moral, emocional e íntima de figuras reales sometidas a una fuerte estigmatización social.
La nueva vida (2023), del escritor británico Tom Crewe, está ambientada en la Inglaterra de finales del siglo XIX y parte de personajes históricos reales —el poeta y ensayista John Addington Symonds y el médico y sexólogo Havelock Ellis— para construir una ficción alternativa que explora el deseo homosexual en un contexto de fuerte represión legal y social. No es una biografía ni un ensayo novelado. Su interés no está en reconstruir hechos con exactitud documental, sino en algo que la historiografía no puede hacer: imaginar la vida íntima, moral y emocional de hombres que defendieron el amor entre personas del mismo sexo cuando hacerlo implicaba riesgo personal, escándalo público y exclusión social.
Por eso La nueva vida se ha leído como un ejemplo muy claro de cómo la novela histórica permite abordar la sexualidad, el deseo y la disidencia sin someterse a los límites del discurso académico ni a la censura del presente, usando el pasado como espacio de libertad narrativa. Uno de los grandes aciertos de The New Life es que evita convertirse en un alegato contemporáneo proyectado hacia el pasado. Como ha señalado el crítico australiano Levi Huxton, la novela no idealiza a sus protagonistas ni los presenta como héroes adelantados a su tiempo.
John y Henry —los nombres que adopta la ficción— aparecen como seres humanos complejos, contradictorios, movidos por deseos que no siempre comprenden ni controlan. El centro de la novela no es tanto la justicia social como la fuerza incontenible del deseo, la manera en que los impulsos del cuerpo desbordan los sistemas morales y las mejores intenciones normativas de una sociedad. Ese enfoque resulta posible, precisamente, porque el pasado actúa como espacio amortiguador: permite hablar del deseo sin activar de inmediato los marcos ideológicos del presente.
Mary Renault y la elección consciente del mundo clásico
Un caso paradigmático es el de Mary Renault. Entre las décadas de 1950 y 1970, Renault ambientó prácticamente toda su obra en la Grecia clásica. No fue una elección estética inocente, sino profundamente estratégica. Renault defendía que su interés residía en explorar la tensión entre lo universal de la condición humana y lo específico de cada época. Pero también reconoció algo más concreto: le resultaba inviable tratar abiertamente la homosexualidad en novelas ambientadas en su propio tiempo. La Grecia antigua —donde las relaciones entre personas del mismo sexo estaban socialmente integradas en determinados contextos— le ofrecía un marco legítimo para hacerlo sin camuflajes ni justificaciones.
El valor profundo de la ficción histórica
La novela histórica no es solo una forma de evasión ni un ejercicio de reconstrucción erudita. Es, en muchos casos, un instrumento de exploración ética y emocional que permite abordar cuestiones silenciadas en el presente. No porque el pasado sea más tolerante —no suele serlo—, sino porque ofrece una distancia crítica. Esa distancia permite al lector enfrentarse al deseo, la disidencia o la identidad sin activar de inmediato los mecanismos defensivos del debate contemporáneo.
Cuando la novela histórica alcanza este nivel, deja de ser un simple viaje al pasado. Se convierte en una forma sofisticada de decir lo indecible, de hablar del presente sin nombrarlo directamente, y de recordar que la literatura, a veces, avanza hacia atrás para poder avanzar de verdad.
