He salido del cine con una sensación bastante sencilla: me ha gustado La Odisea de Christopher Nolan y la he disfrutado. Y quizá convenga decirlo antes de empezar con las objeciones, porque una crítica no tiene por qué convertirse en un acta de acusación contra una película que funciona.
Nolan ha hecho un ejercicio creativo de enorme ambición. Ha tomado uno de los textos fundacionales de la literatura occidental y ha intentado convertirlo en cine contemporáneo. Eso implica necesariamente transformar, condensar, reinterpretar y, en algunos casos, inventar. El problema no es ese. El problema —y aquí es donde la película me interesa especialmente como lector de Homero y como autor de novela histórica— es qué ocurre cuando esas decisiones empiezan a romper la imagen histórica y cultural que tenemos del mundo homérico.
Porque una cosa es adaptar a Homero y otra construir una película de aventuras con estética de Odisea.
La primera licencia que llama la atención es Menelao. En la tradición homérica, el rey de Esparta es descrito con una característica física muy concreta: es xanthós, término que suele traducirse como «rubio» o «de cabellos dorados». No es un detalle completamente irrelevante dentro de la tradición épica. La elección de Nolan se aparta de esa descripción y, aunque naturalmente un actor no tiene por qué parecerse físicamente a la representación que cada lector haya construido del personaje, sí resulta curioso que se altere precisamente un rasgo que Homero proporciona.
Algo parecido ocurre con Helena y Clitemnestra. La elección de actrices negras no me parece problemática; tampoco creo que una película tenga que convertir el reparto en una reconstrucción antropológica de la Grecia del segundo milenio antes de Cristo. La cuestión es otra: si se rompe deliberadamente la representación física que tradicionalmente asociamos a determinados personajes, esa decisión forma parte también de la interpretación de la obra. Y, personalmente, no creo que aporte demasiado a la historia. No me molesta; simplemente me parece una decisión estética cuya justificación histórica me resulta innecesaria. La película no necesita justificarla: es una elección de Nolan, y como tal la acepto.
Más llamativa me resulta la estética material de la película. Los barcos que aparecen en pantalla tienen en algunos momentos una apariencia que recuerda mucho más a las embarcaciones vikingas que a las representaciones que podemos reconstruir de los barcos del mundo egeo de la Edad del Bronce. Es cierto que aquí entramos en un terreno complicado: sabemos bastante sobre la navegación micénica gracias a la arqueología, pero no disponemos de una flota de época que podamos utilizar como modelo directo. Precisamente por eso la recreación cinematográfica tiene margen para interpretar.
Pero interpretar no significa que todas las opciones sean igualmente adecuadas. Y cuando un barco recuerda inmediatamente a un drakkar nórdico, el espectador deja de percibir el Mediterráneo micénico y empieza a percibir otra tradición visual. Es un pequeño ejemplo de cómo la estética cinematográfica puede imponerse sobre la arqueología.
Y luego está el casco de Agamenón. Aquí tengo poco que decir desde el punto de vista académico: visualmente, parece Batman. Es una decisión de diseño espectacular, indudablemente. Pero resulta difícil contemplarlo sin pensar que el departamento de vestuario decidió que el rey de Micenas necesitaba algo más cercano a un superhéroe que a un guerrero de la Edad del Bronce. Y esto sí resulta especialmente interesante porque tenemos un objeto arqueológico extraordinariamente famoso que permite hacerse una idea de cómo podían ser algunos cascos micénicos: el conocido casco de colmillos de jabalí, documentado en numerosas representaciones y hallazgos del ámbito egeo.
Nolan no está obligado a reproducirlo. Pero cuando una película decide situarse en un pasado concreto, cada decisión material contribuye a construir ese pasado ante el espectador. Y aquí aparece la cuestión fundamental: La película no es una reconstrucción arqueológica de la Grecia micénica. Es la Odisea de Christopher Nolan. Y eso me parece perfectamente legítimo.
La Odisea de Homero tampoco es una crónica histórica. Es un poema épico construido a partir de tradiciones orales, materiales legendarios y una concepción del pasado en la que distintas épocas y elementos culturales pueden convivir. Pretender que una adaptación cinematográfica tiene que comportarse como un informe arqueológico sería absurdo.
Pero hay algo que sí me interesa conservar: la lógica interna del mundo que estamos representando. En el poema, Odiseo no es simplemente un guerrero que vuelve a casa. Es el polýtropos, el hombre de muchos recursos, el héroe de la astucia y de la capacidad para adaptarse. La mêtis, esa inteligencia práctica que le permite engañar, improvisar y sobrevivir, es fundamental para comprender al personaje.
Las transformaciones son inevitables cuando se adapta una obra tan compleja al cine. Nolan tiene que tomar decisiones. Tiene que eliminar personajes, condensar episodios, modificar relaciones y encontrar una estructura cinematográfica que funcione para un espectador del siglo XXI. Y, pese a todas estas licencias, la película funciona. Eso es importante. Se puede discutir si los barcos deberían parecerse más a los del Egeo, si Menelao debería ser rubio o si el casco de Agamenón parece diseñado por un departamento de Marvel. Pero el cine no es un museo arqueológico.
Como ejercicio creativo, La Odisea de Nolan me ha gustado. La he disfrutado. Tiene imágenes poderosas, una enorme capacidad para crear espectáculo y, sobre todo, demuestra que Homero sigue teniendo una capacidad extraordinaria para generar historias que pueden ser reinterpretadas tres mil años después. Y quizá ahí esté la verdadera prueba. Podemos discutir todas las decisiones de Nolan. Podemos señalar sus anacronismos, sus licencias y sus elecciones estéticas. Pero después de casi tres mil años seguimos hablando de Odiseo, Penélope, Telémaco, Helena, Menelao, Agamenón y Clitemnestra. Eso significa que Homero ha sobrevivido a muchas interpretaciones. Probablemente también sobrevivirá a Nolan.
Y, mientras tanto, yo he pasado tres horas disfrutando de una película que, aunque no sea exactamente la Odisea de Homero, consigue algo bastante importante: hacer que queramos volver a leerla.
