Hay personajes históricos cuya vida resulta tan extraordinaria que, si un novelista la presentara como argumento, probablemente alguien le recomendaría rebajarla para hacerla creíble. Y ahí aparece una paradoja fascinante: cuando escribimos novela histórica, nuestra imaginación tiene límites que la Historia, sencillamente, no parece tener.
Para un novelista, la verosimilitud es una obligación. Un personaje demasiado improbable puede hacer que el lector abandone la historia por inverosímil. Sin embargo, los archivos están llenos de personas que hicieron cosas que, de haberlas inventado un escritor, probablemente serían consideradas excesivas. La cuestión, por tanto, no es solo descubrir personajes extraordinarios, sino recordar que la realidad histórica puede permitirse licencias que la ficción no siempre puede.
Un buen ejemplo es Catalina de Erauso, conocida como la Monja Alférez. Nacida en San Sebastián a finales del siglo XVI, fue internada siendo niña en un convento dominico y huyó en 1600, todavía novicia. Durante los años siguientes adoptó distintas identidades masculinas y trabajó en oficios reservados entonces a los hombres. En 1603 embarcó hacia América y acabó participando como soldado en las campañas de Chile y Perú. Su propia vida quedó además recogida en una autobiografía cuya transmisión ha contribuido decisivamente a construir su memoria. La historia parece escrita para una novela de aventuras, pero aquí aparece una advertencia imprescindible para cualquier escritor: que una historia sea extraordinaria no significa que todos sus detalles estén igualmente demostrados. La cronología y algunos episodios de la autobiografía de Erauso han sido objeto de discusión. Precisamente por eso, un novelista no debería limitarse a encontrar una historia fascinante; debe comprobar qué parte de ella puede sostener documentalmente.
Algo parecido ocurre con Alonso de Contreras. Soldado, marino y caballero de la Orden de Malta, escribió el Discurso de mi vida, unas memorias que recorren los años 1582-1633. El texto fue publicado por primera vez en 1900 a partir del manuscrito conservado y se convirtió en una de las autobiografías de soldados más singulares de la literatura española. Lo extraordinario, en este caso, es que no necesitamos inventar un narrador. Contreras ya se convirtió en personaje y narrador de sí mismo. Su vida contiene viajes, guerra, violencia, aventuras mediterráneas y cambios de fortuna, pero lo verdaderamente interesante para un novelista es otra cosa: tenemos que enfrentarnos al problema de todo relato autobiográfico. El protagonista cuenta su propia historia. Por tanto, incluso cuando disponemos de un testimonio directo, debemos distinguir entre acontecimiento, memoria e interpretación.
Si nos desplazamos al siglo XVI encontramos a Tycho Brahe, otro personaje que parece salido de una novela. Fue uno de los grandes observadores astronómicos anteriores al telescopio y llegó a elaborar un catálogo de 1004 estrellas, completado en 1598. Pero su vida privada tampoco carece de elementos extraordinarios. En 1566 perdió parte de la nariz en un duelo y posteriormente utilizó una prótesis nasal. Aquí el novelista vuelve a encontrarse con una trampa: la tentación de añadir algo más. ¿Para qué inventar un episodio espectacular si la documentación ya proporciona uno? La realidad ha hecho el trabajo del escritor.
En el siglo XVIII encontramos a Joseph Bologne, caballero de Saint-Georges, nacido en Guadalupe en 1745. Hijo de un propietario blanco y de una mujer esclavizada, llegó a destacar como violinista, compositor y espadachín. Su actividad musical está documentada en partituras y colecciones conservadas por instituciones como la Library of Congress y el Metropolitan Museum of Art, que conserva incluso un retrato grabado de 1788.
Y todavía podemos encontrar una vida más cercana al género picaresco en Diego de Torres Villarroel. Matemático, médico, astrólogo, escritor, poeta, dramaturgo y profesor universitario, fue uno de los personajes más singulares del siglo XVIII español. Su propia Vida, publicada a partir de 1743, convirtió su existencia en materia literaria. La Biblioteca Nacional de España lo describe, con razón, como una mezcla en carne y hueso del pícaro y del sabio fáustico.
Pero quizá uno de los casos más interesantes para un escritor contemporáneo sea María Andresa Casamayor. Matemática zaragozana nacida en 1720, publicó en 1738 un libro científico y ejerció como maestra. Durante mucho tiempo permaneció prácticamente olvidada y su biografía ha tenido que ser reconstruida a partir de documentación dispersa. La investigación desarrollada por el Instituto Universitario de Matemáticas y Aplicaciones de la Universidad de Zaragoza ha permitido recuperar buena parte de su trayectoria. Su historia demuestra algo que debería interesar especialmente a quienes escribimos novela histórica: no todos los personajes extraordinarios tienen que ser aventureros. A veces lo extraordinario está precisamente en que alguien cuya existencia apenas dejó huella en la memoria colectiva consiguió hacer algo que parecía reservado a otros.
Y aquí está la verdadera lección. Un novelista puede inventar un personaje capaz de atravesar fronteras, cambiar de identidad, sobrevivir a guerras, enfrentarse a prejuicios, conocer cortes y cárceles o vivir aventuras extraordinarias. Pero cuando documenta el pasado puede encontrarse con alguien que ya hizo todo eso. Y entonces aparece una de las obligaciones más difíciles de la novela histórica: saber cuándo no hace falta inventar.
La Historia tiene, además, una ventaja sobre nosotros: no necesita resultar verosímil. No tiene que convencer a un lector. No tiene que respetar las reglas de la construcción dramática. Puede ser absurda, contradictoria, cruel, inesperada o extraordinaria. Y precisamente por eso puede producir personajes que ningún escritor se atrevería a inventar.
