El bueno de Santos Aguña va cosechando éxitos.

Son muchos los lectores que me transmiten por diferentes medios lo acertado de la novela y casi todos coinciden en cómo es en las páginas finales cuando la historia se cierra, se comprenden muchas cosas y todo toma sentido. «Redonda» es quizás el apelativo más común en estas críticas y comentarios. La figura del infante interesa por lo desconocido y por lo dramático del asunto, claro, pero me encanta comprobar cómo el protagonista, Santos Aguña, ese comediógrafo de medio pelo y colaborador de la Justicia en asuntos turbios, ha entusiasmado a más de un lector, y no son pocas las lectoras que se proclaman enamoradas del tipo por sus buenas maneras, su encanto personal y su valentía. Me suelen preguntar, mujeres especialmente, cuánto hay del autor en el personaje, y yo, con todo mi pesar, suelo responder que bastante poco, salvo quizás ese enorme interés por hacerse un hueco en las letras. Pero lo que realmente me entusiasma es que un personaje ficticio haya logrado tanto adeptos y que haya superado en interés a los otros personajes históricos que caminan por la novela. Mujeriego pero enamoradizo, cínico pero sensible, ingenioso, tan valiente como insensato…, Santos es un personaje que gusta a las mujeres (gusto a algunas y otras me ignoran, o algo así llega a decir en la novela) y los hombres lo apreciamos por ser ese aventurero que algunos llevamos dentro. Por contra, es frío en numerosas ocasiones, quizás por esa creencia en que, tratándose de ser justo o bueno, el fin justifica los medios, lo que hace que se adentre en no pocos problemas y que sus actos provoquen daños en otros, y como defecto principal, o virtud, según quién lo mire, atesora las ganas de medrar, de ser aceptado, dominado por un sentimiento de inferioridad (social, económico, cultural…) que a duras penas logra enmascarar a lo largo de la trama.

Soy consciente de que el que la novela esté desarrollada en primera persona acerca indefectiblemente al lector y al personaje y eso hace que surja cierta empatía, y que todos veamos las cosas desde su punto de vista, por más que se afane en alejarse con impertérrita objetividad de todo cuanto sucede a su alrededor. Y es que Santos, asume las circunstancias con tal naturalidad que se podría confundir -o acaso lo sea- con una concepción fatalista de la existencia.

Os dejo algunas obras del gran pintor Luis Paret y Alcázar, amigo y celestino del infante, para que os evoquen algunos de los ambientes en que se desarrolla la novela

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