El viaje en la novela histórica no es un recurso más. Es, en muchos casos, el lugar donde el rigor deja de ser abstracto y se vuelve físico. Donde el tiempo histórico se mide en jornadas, en fatiga, en espera. Donde el espacio se convierte en experiencia. Sin embargo, uno de los errores más frecuentes —y más aceptados— es tratar el viaje como un simple mecanismo de conexión entre escenas relevantes. El personaje sale de un punto, atraviesa medio mundo en dos párrafos y aparece en el siguiente escenario listo para que la trama continúe. Es eficaz, sí. Pero también profundamente problemático, porque en contextos históricos, el viaje no es un vacío narrativo, sino una de las formas más intensas de vivir el mundo.
Naturalemente, es legítimo reducir trayectos, omitir etapas irrelevantes o acelerar procesos para no lastrar el ritmo narrativo. El lector no necesita conocer cada paso del camino. Pero esta licencia, utilizada de forma sistemática, tiene un efecto a mi juicio bastante nocivo: moderniza la experiencia del tiempo y del espacio. Y eso, en una novela histórica, es una forma de anacronismo. Porque cuando un personaje recorre cientos de kilómetros sin que el lector perciba el desgaste, la incertidumbre o el peligro, lo que se está haciendo el autor es trasladar una lógica contemporánea al pasado. Una lógica donde el desplazamiento es rápido e irrelevante.
A lo largo de la Historia y, en realidad, hasta hace muy poco, viajar era otra cosa. Era exponerse. Era encomendarse a Mercurio a San Cristóbal o a quien correspondiera según la fe de cada cual, era depender del clima, del terreno, de la hospitalidad o de la violencia ajena. Era, en muchos casos, una experiencia límite. Por eso, en Cíbolo, mi ultima novela, el viaje no es un elemento accesorio, sino una pieza estructural de la novela. No solo articula la trama: define a los personajes.
La obsesión por la credibilidad y el detalle histórico me lleva, precisamente, a detenerme ahí. A habitar el trayecto. A convertirlo en espacio narrativo. Porque es en ese recorrido donde el lector puede sentir el peso real del pasado: el cansancio acumulado, el frío que cala, el calor que agota, el hambre que condiciona decisiones. Los personajes no llegan iguales a su destino. Ni física ni emocionalmente. El desplazamiento en narrativa no es solo geográfico, es también psicológico.
En este sentido, el viaje actúa como un dispositivo de transformación. Obliga a los personajes a enfrentarse a sus límites, a redefinir sus relaciones, a tomar decisiones que en otro contexto no habrían tomado. Es un espacio de tensión, pero también de revelación. Y, sin embargo, muchas novelas históricas lamentablemente renuncian a explotar ese potencial. Prefieren la llegada al tránsito. Me viene a la mente un bestseller español -que, por cierto, no me gustó nada- en el que el protagonista se mueve entre Rusia, Palestina, Francia… con una capacidad de movimiento propia de superhéroes. Una pena.
Por suerte, hay obras donde el viaje ocupa el lugar que le corresponde, como El médico, de Noah Gordon (1986), un excelente ejemplo de como el viaje desde Inglaterra a Persia en el siglo XI es un proceso de formación del protagonista; o Poniente, de Alber Vázquez, donde cada etapa del viaje de Juan Sebastián Elcano tiene su espacio narrativo.
También quise preservar esa trascendencia del viaje en mi novela El infante de la sonrisa triste. En este caso, el protagonista emprende un recorrido entre Valladolid y Arenas de San Pedro, pasando por Ávila, a finales del siglo XVIII. Lo que sucede antes y después de ese trayecto es determinante para la trama, pero me interesaba especialmente que el lector no perdiera de vista lo que implicaba viajar en aquel contexto: la incomodidad de la diligencia, la lentitud de los caminos, la incertidumbre constante de los desplazamientos en la España de la Ilustración. Esa decisión de ralentizar el tiempo narrativo no fue solo una cuestión de ambientación, sino también una oportunidad. El viaje me permitió introducir escenas fundamentales, desarrollar y justificar aspectos de la trama y, en definitiva, convertir el trayecto en algo más que un simple recorrido. De hecho, algunas de esas escenas siguen siendo, todavía hoy, de las que más disfruto.
Reducir un viaje puede ser una decisión legítima si ese trayecto no aporta nada a la historia. Pero cuando el viaje es parte del conflicto, cuando define a los personajes o cuando encarna la propia lógica del mundo histórico, comprimirlo en exceso no es solo una elección estilística: es una pérdida narrativa. Y también, en cierto modo, una pérdida de rigor. No del rigor entendido como acumulación de datos, sino del rigor como coherencia con la experiencia histórica y literaria. No lo olvidemos: durante milenios —y en cierta medida aún hoy— viajar ha sido una experiencia incierta, exigente y, con frecuencia, peligrosa.
Por eso, personalmente, las novelas históricas en las que un personaje recorre grandes distancias en apenas unas líneas me generan cierta insatisfacción. No porque el recurso sea incorrecto en sí mismo, sino porque, utilizado sin criterio, elimina una dimensión fundamental del pasado. El viaje, en la novela histórica, no debería ser un simple puente entre dos escenas importantes. Debería ser, muchas veces, una de esas escenas.
A mi entender, el viaje se convierte en uno de los mejores lugares para medir la calidad de una novela histórica. Porque es precisamente en el viaje donde el autor demuestra hasta qué punto comprende —y respeta— la lógica de otro tiempo.
