El gran error del presentismo en novela histórica

Un caballero medieva se representa en un viejo libro y en el monitor de un ordenador

En los últimos meses, a raíz de la polémica alrededor de una novela de Santiago Posteguillo —esa en la que un personaje miserable evocaba sospechosamente a un político contemporáneo—, el término “presentismo” volvió a resonar con fuerza. No porque Posteguillo sea el inventor del invento, qué va, sino porque su caso sirve, de forma casi didáctica, para ilustrar una tradicional manía de algunos -malos- novelistas históricos: convertir el pasado en un escaparate donde colgar sus pulsiones políticas del presente.

Y es ahí donde empieza la indecencia. En la tendencia generalizada a domesticar el pasado para que se comporte como un animal amaestrado: dócil, previsible, dispuesto a confirmar nuestras putas fobias y filias actuales. Es una forma de pobreza intelectual sorprendente. Hace falta una buena dosis de arrogancia para pensar que las intrigas políticas del siglo XXI sirven como molde para interpretar la Roma tardorrepublicana o las complejidades medievales. Como si Carlomagno estuviera esperando nuestra aprobación en Twitter o como si Numancia estallase en rebelión por las últimas encuestas electorales.

El presentismo funciona de una forma muy sencilla y previsible. Primero se reescribe el pasado para que encaje como un guante en nuestros prejuicios modernos. Luego se fuerza a los personajes históricos a hablar como opinadores de hoy. Finalmente, se fabrican moralejas contemporáneas con personajes que jamás habrían entendido las categorías morales que les atribuimos. Y todo ello se vende con la etiqueta de “novela histórica”. Qué generoso se ha vuelto el género.

Lo peor es que quienes caen en este vicio, los que atentan contra un género que muchos amamos, suelen compartir otra característica bastante vulgar: hacen literatura en piloto automático. Novelas donde la documentación sustituye a la imaginación, donde las estructuras son rígidas y previsibles, los personajes meros clichés. Esa especie de divulgación novelada que convierte la historia en una lista de detalles encadenados, como si la acumulación de datos compensara la falta de nervio literario. Estos son los mismos «puristas» que luego estallan contra los Bridgerton o contra la María Antonieta de Sofia Coppola.

Pero lo realmente grave es que el presentismo, además, destruye lo más valioso del género: la alteridad, la condición de ser otro. Esa distancia radical que hace que el pasado sea un territorio fascinante, ajeno, difícil. Si los personajes antiguos piensan como un ciudadano actual, se indignan como él, debaten como él y hasta votan como él, ¿qué sentido tiene disfrazarlos de romanos o griegos? Para eso, que escriban una novela contemporánea. O un artículo de opinión. O un hilo en redes sociales.

La novela histórica exige humildad: aceptar que el pasado no está ahí para servirnos, sino para incomodarnos. Exige imaginación para reconstruir mentalidades que ya no existen, y sensibilidad histórica para no convertir la Antigüedad en una caricatura de nuestras manías de telediario. El pasado no es decorado para nuestras guerras culturales, y si por casualidad pudiera serlo, corresponde exclusivamente al lector descubrir las semejanzas con el presente.

El pasado es un territorio extraño, contradictorio, lleno de sombras y destellos, y precisamente por eso es apasionante. Y lo que menos merece es ser manipulado, que algunos se lo roben a quienes -para bien o para mal- lo habitaron.

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