El narrador en novela y novela histórica

Una autora ante su portátil toma notas durante el proceso de escritura.

Hay una decisión silenciosa que determina el alcance de una novela mucho antes de que la historia empiece a desplegarse. No es el argumento ni los personajes, tampoco el escenario. Es la voz que va a contar lo sucedido. En esa elección, que a menudo parece técnica, se encierra en realidad una forma de mirar el mundo y, en el caso de la novela histórica, una manera de enfrentarse al pasado. Confieso, que para mí es una de las decisiones más difíciles cuando me enfrento a una nueva histórica. Sé que cómo lo cuente va a influir muchísimo en lo que cuente. No en vano, la elección de la voz forma parte de las técnicas narrativas que definen la experiencia de lectura.

El narrador no solo organiza el relato, sino que decide qué parte de ese pasado es visible y cuál queda en sombra. Y sobre todo, el narrador es el nexo de contacto entre los pesonajes y el lector, es la forma más evidente de cómo la novela se relaciona con quien la abre y comienza a leerla.

El narrador externo

Este es el narrador heterodiegético en tercera persona, es decir, el narrador ajeno a la historia. Este modelo ha sido durante siglos la herramienta principal de la novela -y lo sigue siendo, en realidad-. Es una voz que observa desde fuera y que, en su forma más clásica, lo conoce todo. Sabe lo que los personajes piensan, anticipa consecuencias, reconstruye escenarios con la precisión de un testigo imposible.

En la novela histórica, permite levantar un mundo completo: ciudades, batallas, desplazamientos, tensiones políticas. En obras como Por el honor de los vacceos, esta mirada amplia resulta especialmente eficaz para situar al lector dentro de una realidad colectiva, donde lo individual está enmarcado en fuerzas mayores. Además, una de las mayores ventajas es que el lector está muy acostumbrado a estos esquemas literarios, y es muy fácil que se adecúe a la historia.

Sin embargo, esa misma capacidad de dominarlo todo puede volverse en su contra. Cuando el narrador lo controla todo, el riesgo es que la historia pierda incertidumbre. El lector deja de descubrir para empezar a recibir información. Por eso, muchas narrativas actuales matizan esa omnisciencia y optan por una voz más restringida.

La tercera persona limitada

Frente a la mirada total, surge el narrador que acompaña a un solo personaje. Sigue siendo externo, sigue hablando en tercera persona, pero su conocimiento se reduce. El lector solo ve el mundo como lo ve un personaje, entiende lo que él entiende.

Esta limitación introduce una tensión distinta. El mundo ya no es un mapa completo, sino una experiencia parcial. En la novela histórica, esta elección tiene consecuencias importantes: la época deja de ser una reconstrucción global para convertirse en algo vivido, inmediato, a veces incluso confuso.

Es, en cierto modo, una forma más honesta de representar el pasado. Nadie tiene nunca una visión completa de su tiempo; todos lo habitamos desde una perspectiva concreta.

La primera persona

Cuando el narrador se convierte en personaje, la historia cambia de naturaleza. Ya no estamos ante una reconstrucción, sino ante un relato filtrado por la memoria. La primera persona introduce la duda, la interpretación, incluso la contradicción.

En mis novelas El infante de la sonrisa triste o El alquimista entre las fuentes, la trama nos la cuenta un único personaje, y esto permite algo realmente atractivo: que no solo se cuenten hechos, sino que se interpreten, se valoren, se maticen. El lector ve el mundo como lo ve el personaje. Y es un ejercicio que corresponder al lector sacar sus propias conclusiones, generar interpretaciones personales, adivinar lo que no se cuenta… Y es un juego realmente apasionante tanto para el autor como para el lector.

Esta forma de narrar encaja de manera natural con la novela histórica. Nos recuerda que lo que sabemos del pasado procede, en gran medida, de testimonios. Y todo testimonio, por definición, es incompleto.

El presente narrativo

Existe otra elección que altera de forma profunda la percepción del tiempo: narrar en presente. Cuando la historia se cuenta como si estuviera ocurriendo ahora, el pasado pierde su condición de algo cerrado.

En una obra como Cíbolo, este recurso acerca la acción al lector hasta casi eliminar la distancia. En esta novela quería que no hubiera margen para la reflexión retrospectiva. Lo que sucede, sucede en ese instante. El efecto es de urgencia, de inmediatez, pero también de vulnerabilidad: los personajes no saben lo que vendrá después, y eso transmite una incertidumbre más poderosa al lector. Incluso el juego consiste en que el propio narrador o el propio autor finge tampoco saberlo.

En el ámbito histórico, este tipo de narración rompe con la idea de que lo antiguo es necesariamente lejano. Convierte el pasado en experiencia presente.

Las voces múltiples

Algunas novelas optan por ir más allá y renunciar a una única perspectiva. En ellas, cada capítulo o cada sección se construye desde un personaje distinto. La historia se abre así a interpretaciones diversas, a veces contradictorias.

Esto ya lo hizo fantásticamente George R. R. Martin en Juego de tronos (1996), la primera novela de la saga Canción de hielo y fuego. Este sistema, que ha alcanzado gran popularidad en los últimos años, responde a una intuición profunda: no existe una verdad única, sino una suma de miradas. En términos históricos, esta elección resulta especialmente pertinente. Permite mostrar cómo un mismo acontecimiento puede ser vivido de formas opuestas según quién lo protagonice. La historia deja de ser lineal para convertirse en un territorio de tensiones.

El narrador documental y la ilusión de autenticidad

Otra vía consiste en construir la narración a partir de documentos ficticios: cartas, diarios, informes. Este recurso, bien utilizado, produce una fuerte sensación de verosimilitud. El lector tiene la impresión de acceder a materiales de una época. Es una apuesta arriesgada y difícil de llevar a cabo, y la eficacia de este método depende de su precisión. El lenguaje, los giros, las referencias deben sostener la ilusión. De lo contrario, el artificio se rompe y el texto pierde credibilidad.

Cuando se consigue, es un ejercicio literario magnífico, como podemos ver en Las amistades peligrosas de Pierre Choderlos de Laclos (1782) en la que con un formato epistolar arma una trama realmente formidable.

Elegir narrador: una forma de entender la historia

Cada tipo de narrador implica una forma distinta de acercarse al pasado. El omnisciente tiende a ordenar; la primera persona, a problematizar; la multiplicidad, a fragmentar.

No se trata de elegir el más correcto, sino el más adecuado para la historia que se quiere contar. Porque, en última instancia, el narrador no es solo un vehículo del relato, sino la clave que determina qué parte del pasado se hace visible. Y en la novela histórica, donde todo lo que contamos procede de restos incompletos, esa elección es decisiva.

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