Novelas histórica para disfrutar del siglo XVIII

Unos lectores pasean por un salón palaciego del siglo XVIII lleno de personajes de época

El siglo XVIII no es un periodo que haya sido tratado masivamente como tema en la novela histórica, al menos si lo comparas con Roma, la Edad Media o la Segunda Guerra Mundial. Y, sin embargo, es una ápoca superinteresante para la ficción: la Ilustración, la Revolución francesa, el preludio de los Estados modernos, la ciencia prodigiosa, los grandes pensadores, el enciclopedismo, las conjuras de salón, los amoríos cortesanos…

Las siguientes novelas —muy distintas entre sí— demuestran que el XVIII tiene pólvora narrativa de sobra. Aqui van algunas de mis favoritas y que seguro que te engancharán.

El perfume, de Patrick Süskind, se publicó en 1985 y te mete de lleno en la Francia de 1738, entre París y Grasse. La historia sigue a Jean-Baptiste Grenouille, un ser con olfato prodigioso que convierte la búsqueda de la fragancia perfecta en una obsesión creciente. Como novela funciona por atmósfera y precisión sensorial: es de esas lecturas que no ambientan el XVIII, lo materializan a través del cuerpo, de la suciedad, de los olores, de las calles llenas de basura… y por eso engancha tanto incluso a quien no lee histórica. Como anécdota, el mítico Kurt Cobain reconoció que había leído esta novela como diez veces.

Portada de la novela El perfume

El siglo de las luces, de uno de los grandes: Alejo Carpentier (1962). Es una novela histórica “de ideas” sobre el final del XVIII: la Revolución francesa proyectándose sobre el Caribe, con Víctor Hugues como figura clave y el impacto real y perverso de la “luz” cuando se convierte en aparato político. La sinopsis se puede contar como aventura atlántica, pero su potencia está en el lenguaje y en la ambigüedad moral: no te vende épica limpia, te muestra ideales se embarrados.

Portada de El siglo de las Luces

Vamos ahora con un clásico decominónico. Historia de dos ciudades, de Charles Dickens, se publicó en 1859 y está ambientada entre Londres y París antes y durante la Revolución francesa. Es una gran novela con ritmo folletiniesco que sigue funcionando muy bien narrativamente, incluso para el gusto contemporáneo. Tiene de todo: encarcelamiento, memoria, culpa, amor y sacrificio con la ciudad revolucionaria como personaje colectivo.

El noventa y tres, de Victor Hugo (1874), otro cásico. Se sitúa en 1793, durante el Terror y las guerras internas de la Revolución francesa. Hugo no se conforma con narrar bandos, sino que levanta un escenario moral en el que las ideas chocan con la compasión, la violencia y la responsabilidad. No te engaño, es una novela exigente, a ratos grandiosa y a ratos exagerada, pero precisamente por eso deja poso.

Una de aventuras, o de ambientación histórica, para ser más preciso: La Pimpinela Escarlata, de Emma Orczy (1905), ambientada en 1792, en los primeros compases del Terror revolucionario, cuando un aristócrata inglés con doble vida se dedica a rescatar a condenados a la guillotina, tirando de disfraces, audacia y persecuciones. Vale, no es una novela excelente, y críticamente hay que leerla como lo que es: una aventura de capa y espada con Revolución como escenario. No esperes complejidad psicológica, sino mucha diversión y tensión, y en esto fue tan influyente que prácticamente fabricó un tipo de héroe enmascarado que, comenzando por el Zorro, tendrá un prodigioso recorrido durante todo el siglo XX.

Portada de la Pimpinela Escarlata

La isla del tesoro, de Robert Louis Stevenson (1883): Aventura pura. La acción se sitúa en un momento indeterminado del siglo XVIII con piratas como protagonistas. Jim Hawkins encuentra un mapa y se embarca hacia una isla donde el tesoro importa menos que la dinámica humana del motín. Su mérito literario no está en la exactitud histórica, sino en la eficacia narrativa: atmósfera, aventura y personajes memorables (Long John Silver).

Portada de la novela La isla del tesoro

Waverley, de Walter Scott (1814) recrea Escocia en 1745–1746, en pleno levantamiento jacobita. Un joven oficial inglés queda atrapado entre lealtades y afectos mientras el país se parte, y Scott convierte esa grieta política en una novela de choque cultural. Tal vez su lectura sea un poco lenta, pero no olvides que esta novela es el origen mismo de la novela histórica moderna.

Portada de la novela Waverlay

El último mohicano, de James Fenimore Cooper (1826) sitúa la acción en América en 1757, durante la Guerra franco-india. Hay persecución, frontera y violencia con alianzas frágiles entre comunidades y ejércitos, y el relato funciona como aventura y como mito fundacional. Es un clásico de influencia inmensa, aunque leído hoy exige cierta conciencia crítica ya que su rigor histórico y etnográfico es muy justito. Aun así, es una gran novela.

Martinete del rey sombra, de Raúl Quinto (2023) gira alrededor de un hecho histórico concreto: la Gran Redada del 30 de julio de 1749 en España contra el pueblo gitano, durante el reinado de Fernando VI. No es una novela histórica clásica de trama lineal, sino una cración híbrida (ensayo novelado/collage) que reconstruye y denuncia a la vez, con un trabajo formal muy consciente; por algo terminó ganando el Premio Nacional de Narrativa 2024. Es, digamos, Ilustración española por el lado siniestro del Estado.

Hombres buenos, de Arturo Pérez-Reverte (2015) está ambientada a finales del siglo XVIII: dos miembros de la Real Academia Española viajan a París para conseguir casi clandestinamente la Encyclopédie de Diderot y d’Alembert, prohibida en España. Es una novela fantástica para entender de Ilustración de una forma muy entretenida: libros, censura, cafés, caminos con bandoleros, salones y el choque entre “luces” y reacción.

La reina descalza, de Ildefonso Falcones (2013) arranca en enero de 1748 en Sevilla (y avanzando después hacia Madrid). La premisa es muy de Falcones: gran relato popular y emocional, siguiendo a Caridad (mujer negra que huye de un pasado de esclavitud) y su vínculo con Milagros Carmona, una joven gitana; persecución, marginalidad, calle y poder. Literariamente es una novela eficaz, pero con una prosa que a veces parece algo plana.

Guerras mescalero en Río Grande, de Álber Vázquez (2017) recrea el siglo XVIII en la Norteamérica española, centrada en las guerras hispano-apaches. Es una fantástica novela, inusual tal vez, que en cuanto comienzas cuesta soltar. ¡Cómo me gusta este autor!

Para acabar, sin pretenderlo, tres de mis cuatro novelas históricas están ambientadas en el siglo XVIII: Cíbolo, El infante de la sonrisa triste y El alquimista entre las fuentes. Supongo que ese siglo me ha ido eligiendo a mí: por sus fronteras, sus tensiones, su mezcla de luces y sombras, y porque todavía guarda un enorme margen para la aventura y la intriga sin caer en los tópicos de siempre. Si te apetece descubrirlas, tienes aquí toda la información.


Portada de la novela Cíbolo, de Roberto Losa

Porta de la novela El alquimista entre las fuentes

Portada de la novela El infante de la sonrisa triste
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